Los retos y las proyecciones actuales

reto
Los Congresos Misioneros Latinoamericanos (COMLAS) que se celebran cada cuatro años en A.L., especialmente los dos últimos (Belo Horizonte -Brasil- 1995; y Paraná -Argentina- 1999); así como las reuniones periódicas del Departamento de Misiones del CELAM (DEMIS) (la última en Quito -Ecuador- en septiembre de 1998 «sobre pastoral con las comunidades negras) hacen vivas las recomendaciones de Santo Domingo y aportan también nuevas sugerencias en la perspectiva de una evangelización inculturizada.

Podemos decir que, aunque la inculturación es un proceso siempre abierto, y por lo tanto siempre con novedades y, por lo tanto necesitado de creatividad. En un diálogo entre fe y cultura existe un primer peligro natural en muchos procesos dinámicos-, el de pasar de una infravaloración de la cultura y por lo tanto una imposición de la fe, a una supervaloración de la cultura y como consecuencia a un desvanecimiento de la fe.

Este peligro es real y, si no estamos atentos, puede hacer que caigamos en la tentación del inmovilismo, es decir que dejemos pasar el tiempo, que vayamos con cautela, que, a veces, es lo mismo que decir: que no hagamos nada. El peligro del inmovilismo existe y es real en esta y en otras tantas cosas. Y ciertamente no es la mejor opción, ni siquiera una buena opción.

En las líneas pastorales de la Iglesia Latinoamericana se han advertido ya estos peligros y por eso se busca avanzar no solo en el terreno de la teoría, sino también en el de la práctica. En realidad si miramos a los pioneros en el trabajo de «inculturación de la fe», ellos plasmaron en la práctica y con muchos años de antelación, las orientaciones que ahora se hacen generales y que tienen el peso del Episcopado Latinoamericano en su conjunto.

Vamos a señalar las principales deficiencias y los retos y propuestas actuales en el proceso de inculturación de fe, tomando para ello varios aportes de los análisis de los documentos mencionados y también otros de pastoralistas latinoamericanos

a) Deficiencias en la práctica de la inculturación

La práctica de la inculturación todavía es en la Iglesia L.A. algo que tiene deficiencias que hay que reconocerlas abiertamente para corregirlas:

Actualmente, los procesos de evangelización no siempre tienen en cuenta los nuevos conceptos de la inculturación. La rutina puede a veces a la apertura al Espiritu. La asimilación de la nuevos conceptos es demasiado lenta y, en muchos casos, no se da.

Existen dificultades a nivel personal y aún más a nivel estructural porque no se conocen a fondo los valores evangélicos presentes en las cosmovisiones y en la religiosidad de las culturas indígenas y afroamericanas. En ellas merecen especial atención los valores tales como: el amor a la tierra, el respeto a la creación, la consideración de la mujer como portadora de vida, la dimensión celebrativa de la muerte, la acogida, la solidaridad, la cercanía de Dios en la vida diaria.

Falta asímismo, espíritu de conversión para realizar cambios pastorales que lleven a la Iglesia a evangelizar con estos nuevos criterios. La inculturación se ha convertido en tema para especialistas, casi de gabinete; se lleva poco a la práctica y no es seguido por la mayoría.

Existe poca participación del laicado en la misión inculturizada, y es un hecho grave las dificultades y aún reservas que suscita el querer hacer sujetos de su propia inculturación a los representantes de las culturas.

No somos fieles, con espíritu de agradecimiento y aún veneración, a la memoria de los grandes evangelizadores antiguos, ni se hace un estudio profundo y motivador de los actuales pioneros en nuestro continente: sus motivaciones, sus métodos, y aun sus prácticas que podemos y debemos, sin duda, tenerlas en el horizonte para adecuarlas.

b) El reto y las propuestas acerca del neoliberalismo

El neoliberalismo y la globalización está afectando también a la problemática de la inculturación fundamentalmente por dos valores esenciales: la marginación de la cultura y la manipulación de la tierra. Esto es muy grave: tanto por escasa valoración que se hace de la cultura (que a veces se pretende reducirla a folklore), como por las consecuencias de la explotación indiscriminada de la tierra, del medio ambiente y de las grandes y constantes migraciones que provoca. Todo esto trastoca mucho valores ascentrales de las culturas y provoca cambios fundamentales en relación a la tierra y a la ecología, resaltamos algunos:

la expulsión de los indígenas y de los pobres de sus tierras, cuando se ejecutan. los grandes proyectos hidraúlicos, madereros o mineros;

la extensión de los latifundios con su práctica nefasta para la ecología, el arrebato de las tierras a sus seculares poseedores y la negación de cultivos, e incluso el permanente hostigamiento a los aparceros; la desertización de las tierras explotadas por el solo afán de lucro, con el agravante de la pérdida de ozono y la polución industrial generada;

la migración de los pobres a los grandes centros urbanos donde conviven al margen de sus culturas en las peores condiciones de injusticia y pobreza;

la extinción de miles de indígenas de las diversas etnias amazónicas, obligadas unas veces a adentrarse en terrenos más selváticos y otras víctimas de enfermedades o epidemias causadas por virus que ellos no conocían;

el tráfico de drogas, un mal tan general que no solo despoja de las tierras, sino que contribuye a generar una cultura de la corrupción, del crimen, de la violencia, de la destrucción de la vida, de los vicios;

los cambios en la natalidad inducidos por campañas internacionales, y consecuencia también por los cambios de vida, las dificultades sociales y además reforzadas con propuestas e incluso agresiones antinatalistas: caso de esterilizaciones muchas veces forzadas;

el trabajo infantil, lleno de explotaciones de todo tipo en condiciones de salubridad, dureza de trabajo, salarios ínfimos, enfermedades contraídas en trabajos peligrosos.

Todos estos retos son motivados por aspectos de política económica que inciden en el orden social y aún político, por lo tanto las respuestas se tienen que generar también y principalmente en el mismo sentido, desde la opción por los pobres y los desposeídos que son los injustamente agredidos y matratados.

Esta opción por los pobres en A.L. sigue siendo central en todo tipo de pastoral, mucho más dentro de la pastoral de los pueblos indígenas y afroamericanos, por eso y desconocerla sería no solo empobrecer el alcance de nuestra misión, sino también desviar el verdadero sentido de «inculturación de la fe». Al defender a los pueblos y las culturas contra la agresión -que les puede llevar a veces hasta la extinción- estamos defendiendo la dignidad de la persona humana y el derecho a sus propias formas de expresión.

La defensa de los pobres, tiene que llevar una carga de fuerte denuncia en todos los estamentos sociales; denuncia y a la vez resistencia a aceptarlos sin más. Es preciso que tenga, incluso, la perspectiva clara no solo de la supervivencia, sino también del aprecio y del crecimiento de los pueblos y de las culturas.

Asimismo tiene que incidir en el aspecto positivo de dar a conocer y revalorizar las culturas y sus valores ascentrales, y, asimismo, una clara apertura hacia cauces liberadores para que se posible el libre discernimiento y opción de las personas a asumir nuevas ideas, nuevos valores, nuevas perspectivas, no hay por qué rechazar sin más todo lo nuevo, hay que dejar en libertar a los pueblos para el proceso de discernimiento y valoración, y solo después, asumirlo o rechazarlo. Pero esto tiene un ritmo, unas formas, unas peculiaridades que son innatas a cada pueblo y a cada cultura, hay que respetarlo.

c) El reto de las grandes ciudades

Es, sin duda, sin desmerecer a otros, hoy en día y en el futuro, el gran reto de la pastoral de América Latina: el reto de la gran ciudad.

En muy pocos años A.L. ha visto como su población pasaba de ser mayoritariamente rural a estar mayoritariamente en unas pocas grandes ciudades, teniendo en cuenta que, comparativamente las grandes ciudades del «Sur» (léase Asia, América Latina) son mucho mayores que las grandes ciudades del «Norte» (léase Europa, Estados Unidos). Estas macro ciudades de A.L. desbordan toda posible planificación.

Es más, hablamos de macro o de mega ciudades o de metrópolis, no solo por su enorme población, es decir por su demografía, sino, porque también, y en la mayoría de los casos, se concentran en ellas todos los poderes: el poder político, el económico, el social, los grandes centros industriales, los mejores y hasta a veces únicos servicios especializados de educación, de salud, los más modernos lugares de ocio y diversión. Todo esto, unido a la llamada de los medios de comunicación, y al abandono del campo por parte de los gobiernos, provoca la huída masiva del campo a la ciudad.

Pero en la ciudad latinoamericana se percibe otro tipo de reto o de provocación: las enormes diferencias sociales y económicas que se dan entre los sectores acomodados y los sectores marginales. En una sola ciudad aparece lo más lujoso que se pueda encontrar en otros lugares del mundo, junto a la pobreza más absoluta en su periferia. Son en realidad dos mundos diversos y que prácticamente no se conocen. El desconocimiento es tal que muchas veces ni siquiera se ha visto y por lo tanto, los poderosos, pretenden así ignorar, no cuestionarse, por la existencia de estos inmensos cinturones que rodean todas las ciudades y, en consecuencia, su propia ciudad.

En estos cinturones de miseria se generan un tipo nuevo de persona, una nueva cultura, donde el desarraigo, el anonimato, el deseo de consumo, la no identificación con su medio toman carta de ciudadanía. Son lugares dormitorios donde muchos pasan inadvertidos, con el único objetivo de salir hacia una situación mejor. La gran mayoría de las personas que llegan a la gran ciudad expulsados del campo o seducidos por la llamada de los «medios de comunicación», se sienten incapaces de echar raíces en un medio tan inhóspito e insolidario.

Por otra parte los medios de comunicación les ponen en contacto con el mundo, que puede estar hasta cercano en distancia, pero «exterior» y «lejano», un mundo que sin embargo, aparece como atrayente, sugestivo; un mundo que en realidad y a través de la publicidad y de las «telenovelas» es de «ciencia ficción», pero es el mundo que asumen como cierto y con el que sueñan como propio. Ese mundo quizá les sacó del campo y les trajo a una realidad más cruel donde siguen soñando. Todo reto por grande que sea tiene unas propuestas, unas alternativas, y el reto de las gran ciudad también las tiene. Son urgentes todo tipo de propuestas sociales, políticas, urbanas; pero este no es nuestro campo, nos ceñiremos, mas bien, a las propuestas de tipo pastoral.

En primer lugar aparece firme la propuesta de reprogramar la parroquia urbano marginal. En unas periferias o asentamientos humanos de varias decenas de miles de personas, hay una sola Parroquia, con uno o dos centros de culto, y a veces un solo sacerdote o a lo más un pequeño equipo, quizá un par de comunidades de religiosos… y nada mas. La lejanía aun de simple distancia es a veces inaccesible para muchos y también hace que la Parroquia aparezca «lejos y a veces hasta al margen» de la vida de los feligreses.

A esto se añade un grave problema en crecimiento: la «invasión» de distintas sectas protestantes y seudocristianas, que son muy agresivas, algunas fanáticas, que, en general tienen menos estructura, pero ejercen una mayor presión y tienen una presencia más cercana.

Es urgente primero sectorizar la parroquia, diseminar en su territorio lugares sencillos para la celebración de la Misa o de la Palabra, o para centros de catequesis, etc., y esto en toda la Parroquia, coincidiendo con sectores naturales; es urgente el dinamizar el servicio de los laicos, es urgente la tarea de que se ejerzan los ministerios ya existentes y crear otros nuevos necesarios.

Para ello la formación de laicos competentes en Biblia, en Pastoral, en Liturgia, que dediquen con esfuerzo y motivación cristiana parte de su tiempo, o el mayor posible, a esta tarea de «acercar» vivencial y territorialmente a sus vecinos, la posibilidad de practicar una fe comprometida que les anime y les haga testigos en medio de los demás. Las reuniones de base y de catequesis o lectura de la Biblia en los propios domicilios.

Aparece la propuesta de las pequeñas comunidades eclesiales de base, esos pequeños grupos, donde además de reflexionar sobre la fe, la asumen dentro su cultura popular, producen identidad, forman nuevos modos, promueven relaciones, rompen el individualismo, se comprometen con la realidad. Son grupos primarios de todo punto necesarios y la base de nuevos modos estructurales.

Hay otro aspecto fundamental: la nueva forma de valoración de la mujer. La mujer en el campo, en su cultura rural o indígena tenía unas relaciones muy marcadas con la vida; en la ciudad, en ese maremagnun de las periferias donde vive, la mujer asume, mucho más que el hombre, nuevas tareas: los centros de madres, las reuniones en los centros educativos, las escuelas de formación en labores o los pequeños proyectos productivos, así como las reuniones para las mejoras del barrio, son algunas de las varias actividades que la mujer desarrolla, vitales para la mejora de las condiciones de vida.

La mujer es fundamental en el nuevo concepto de la cultura emergente de las clases populares, y, aunque, todavía sufre el azote del machismo imperante, dista ya mucho de la situación rural y ha comenzando un nuevo camino para superarlo gradualmente. Hoy en día la mujer es un soporte fundamental en la posibilidad de vida de las grandes mayorías. Lo mismo hay que decir en torno a la fe, es fundamental en la pervivencia y transmisión de la fe en las grandes periferias de las ciudades latinoamericanas.

Y, finalmente, una pequeño aporte sobre la vivencia de la fe. La fe debe estar comprometida con la injusta realidad que les toca vivir, por eso debe generar formas de compromiso o de denuncia, que sean transformadoras de la misma realidad-Una fe de acción clara alrededor de sus condiciones de vida y de las exigencias de un Dios liberador. Es la fe que nace y crece de forma gradual en el pueblo y que da sentido a su vida cristiana.

d) El reto de los indígenas y afroamericanos

El objetivo de la evangelización plena en el ámbito de A.L. debe ser el resurgimiento de una Iglesia indígena, lo que exige una nueva y cuidadosa lectura del Evangelio a partir de las culturas y realidades indígenas y la expresión de la fe: valores, lenguaje, ritos y símbolos propios.

Ya hemos dicho (y los hemos señalado) que los pueblos indígenas en A.L. y el Caribe cultivaron valores humanos y culturales de gran significación, y que con legítimo orgullo los siguen promoviendo y transmitiendo a sus nuevas generaciones. El reconocimiento y valoración de todo esto es la primera premisa que se impone en el nuevo proceso de inculturación de la fe, junto al reconocimiento de pecados anteriores.

En la preparación a Santo Domingo se hablaba con claridad sobre el pecado cometido durante tantos siglos contra los pueblos indígenas y afroamericanos, y se pedía perdón, como Pastores de la Iglesia Católica, por las culturas, por las veces que confundimos el anuncio del Evangelio con la imposición de una cultura occidental, por las veces que nos les tratamos como hijos del mismo Padre Dios.

Y en los documentos se pide perdón explícitamente «a todos nuestros hermanos indígenas y afroamericanos, ante la infinita santidad de Dios, por todo lo que ha estado marcado por el pecado, la injusticia y la violencia». (248)

La actitud de la Iglesia ha cambiado, pero sin embargo los pueblos indígenas y afroamericanos tienen hoy formas mucho más graves de agresiones. El despojo y la explotación es la constante en nuestros tiempos. Constituyen hoy sin duda, ambas realidades en su conjunto, el sector de mayor marginación y pobreza del Continente.

Santo Domingo ya señalaba unas líneas de acción pastoral (248-251), hay que valorarlas, ponerlas en práctica y aún enriquecerlas:

En el aspecto de la «inculturación»: el conocimiento crítico y la valoración de sus culturas toma hoy una mayor dimensión si cabe, por la amenaza siempre presente y aun creciente de la globalización; la acogida de sus símbolos, de sus expresiones, y sobre todo el conocimiento, valoración y la manifestación hacia el exterior de sus valores y de su cosmovisión harán sin duda que las culturas indígenas sean más respetadas por todos.

Todo esto enmarcado en que es la propia cultura sujeto de su misma «inculturación». Insistimos en manifestar que la cultura no es objeto, término del proceso, sino que debe ser tomada como un agente con el que hay que dialogar. Fe y cultura en diálogo producen la interacción y la mutua penetración, de la fe en los valores y raíces más profundas, y de la cultura en los signos, símbolos y valores ancestrales.

Pero hay otros aspectos más vitales, más urgentes, más de vida o muerte, es el promover con todas las leyes y formas posibles, la defensa de sus tierras, «su habitat natural de vida». El ayudar a que se preserven los pueblos y sus culturas no es solo colaborar con su derecho inalienable, y el reconocimiento de su dignidad humana y de hijos de Dios; sino también procurar la preservación de algo que forma parte de la mayor riqueza del cosmos: la variedad de las culturas humanas.

La ONU declaró el año 1993 el «año internacional de los pueblos indígenas». Reconoce en todo el mundo cinco mil culturas diferentes; en A.L. hay varios cientos de ellas, la mayoría en las selvas amazónica, algunas todavía sin contacto con otras culturas. Pero todas son culturas que conservan costumbres, valores y comportamientos sociales de gran valor, muchos de los cuales serían, sin duda, garantía de una vida más humana y fraterna.

Conclusión

En el problema de la relación fe y cultura aún dentro del respeto que ambas partes merecen y de la consideración de que ambos son sujetos dentro de un diálogo enriquecedor para las dos partes, hay sin embargo una verdad que nos viene dada de la acción de Espíritu.

El Espíritu de Dios es novedad y hace nuevas todas las cosas. Es decir el camino está trazado, la nueva concepción de la «inculturación» presenta ideas nuevas. Pero aún así hay otras novedades que en la vida nos encontramos. El Espíritu sopla y, cuando encuentra en nosotros apertura, es más fácil que logremos llevar la fe como llamada e invitación, con nuestro testimonio vivencial que provoca reacciones positivas de acogida.

Es innegable, por otro lado, la necesidad siempre creciente y dinámica, de que estemos abiertos a recibir los valores de las culturas, sobre todo aquellos en los que se ve con mayor claridad «las semillas del Verbo» diseminadas en todas ellas.